psico 1

miércoles, 11 de octubre de 2017

LA TIERRA Y EL AZÚCAR, cuento


Erase un hombre que había adquirido la costumbre de comer tierra. Un día
entró en una tienda para comprar azúcar.
El tendero, que no era un hombre honrado, usaba terrones de tierra para
pesar. Dijo a nuestro hombre:
"Este es el azúcar mejor de la ciudad, pero utilizo tierra para pesarlo."
El otro respondió:
"Lo que necesito es azúcar. ¡Poco me importa que los pesos de tu balanza
sean de tierra o de hierro!"
Y pensó para sí:
"Siendo un comedor de tierra, no podía uno caer mejor."
Se puso el tendero a preparar el azúcar y el hombre aprovechó para
comerse la tierra. El tendero notó su maniobra, pero se guardó mucho de decir
nada, pues pensaba:
"Este idiota se perjudica a sí mismo. Teme ser sorprendido, pero yo sólo
tengo un deseo: que coma el máximo de tierra posible. ¡Ya comprenderá cuando
vea lo poco de azúcar que quedará en la balanza!"
Experimentas un gran placer cometiendo adulterio con la vista, pero no te
das cuenta de que, al hacerlo, devoras tu propia carne.
 EL ORO DE LA LEÑA
Un derviche vio un día en sueños una reunión de maestros, discípulos
todos del profeta Elías. Les preguntó:
"¿Dónde puedo adquirir bienes sin que me cuesten nada?"
Los maestros lo condujeron entonces a la montaña y sacudieron las ramas
de los árboles para hacer caer la fruta. Después, dijeron:
"Dios ha querido que nuestra sabiduría transforme estos frutos, que eran
amargos, en aptos para el consumo. Cómelos. Se trata desde luego de una
adquisición sin contrapartida." Al comer aquella fruta, el derviche sacó de ella tal
sustancia que, al despertar, quedó pasmado de admiración.
"¡Oh, Señor! dijo, ofréceme, también a mí, un favor secreto."
Y, en el mismo instante, le fue retirada la palabra y su corazón quedó
purificado.
"Aunque no hubiese otro favor en el paraíso, pensó, éste me basta y no
quiero ninguno más."
Ahora bien, le quedaban dos monedas de oro que había cosido a sus
vestiduras. Se dijo:
"Ya no las necesito puesto que, en adelante, tengo un alimento especial."
Y dio estas dos monedas a un pobre leñador pensando que esta limosna le
permitiría subsistir durante algún tiempo. Pero el leñador iluminado por la luz
divina, había leído en sus pensamientos y le dijo:
"¿Cómo puedes esperar encontrar tu subsistencia si no es Dios quien te la
procura?"
El derviche no comprendió exactamente lo que quería decir el leñador,
pero su corazón quedó entristecido por estos reproches. El leñador se le acercó y
depositó en el suelo el haz de leña que llevaba al hombro. Después dijo:
"¡Oh, Señor! En nombre de tus servidores cuyos deseos escuchas
¡transforma esta leña en oro!"
Y, al instante, el derviche vio todos los troncos brillar como el sol. Cayó al
suelo sin conocimiento.
Cuando volvió en sí, el leñador dijo:
"¡Oh, Señor! En nombre de los que empañan tu fama, en nombre de los que
sufren, ¡transforma este oro en leña!"
Y el oro volvió al estado de leña. El leñador volvió a echarse el haz al
hombro y tomó el camino de la ciudad. El derviche quiso correr tras él para
obtener la explicación de este misterio, pero su estado de admiración, así como
su temor ante la estatura del leñador lo disuadieron de ello.
¡No formes parte de esos tontos que dan media vuelta una vez que han
adquirido intimidad con el sultán!
 EL LORO
Un tendero poseía un loro cuya voz era agradable y su lenguaje divertido.
No sólo guardaba la tienda, sino que también distraía a la clientela con su
parloteo. Pues hablaba como un ser humano y sabía cantar... como un loro.
Un día, el tendero lo dejó en la tienda y se fue a su casa. De pronto, el gato
del tendero divisó un ratón y se lanzó bruscamente a perseguirlo. El loro se
asustó tanto que perdió la razón. Se puso a volar por todos lados y acabó por
derribar una botella de aceite de rosas.
A su vuelta, el tendero, advirtiendo el desorden que reinaba en su tienda y
viendo la botella rota, fue presa de gran cólera. Comprendiendo que su loro era
la causa de todo aquello, le asestó unos buenos golpes en la cabeza, haciéndole
perder numerosas plumas. A consecuencia de este incidente, el loro dejó
bruscamente de hablar.
El tendero quedó entonces muy apenado. Se arrancó el pelo y la barba.
Ofreció limosnas a los pobres para que su loro recobrase la palabra. Sus lágrimas
no dejaron de correr durante tres días y tres noches. Se lamentaba diciendo:
"Una nube ha venido a oscurecer el sol de mi subsistencia."
Al tercer día, entró en la tienda un hombre calvo cuyo cráneo relucía como
una escudilla. El loro, al verlo, exclamó:
"¡Oh, pobre desdichado! ¡Pobre cabeza herida! ¿De dónde te viene esa
calvicie? ¡Pareces triste, como si hubieras derribado una botella de aceite de
rosas!"
Y toda la clientela estalló en carcajadas.
Dos cañas se alimentan de la misma agua, pero una de ellas es caña de
azúcar y la otra está vacía.
Dos insectos se alimentan de la misma flor, pero uno de ellos produce miel
y el otro veneno.
Los que no reconocen a los hombres de Dios dicen: "Son hombres como
nosotros: comen y duermen igual que nosotros."
Pero el agua dulce y el agua amarga, aunque tengan la misma apariencia,
son muy diferentes para quien las ha probado.